Entender el papel de la masculinidad en la violación y la cultura de la violación

Por: Shaina Joy Machlus en Pikara Magazine

La autora ofrece esta guía para hombres cis que quieran acabar con la violación con una premisa clara: son ellos, desde su privilegio, los que tienen que terminar con esta masculinidad tóxica.

Ilustración Susanna Martin
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Si estás leyendo esto y eres una mujer y/o una persona no binaria, quiero que te tomes un momento y te pongas realmente cómoda. Reclínate en tu silla. Estira tus piernas. Dale un sorbo a alguna bebida deliciosa. Luego, copia y pega este enlace en un correo electrónico o mensaje dirigido a un hombre cis. Haz clic en enviar. Felicidades, ya has terminado.

Este es un pequeño experimento. Cuando me dieron la oportunidad de compartir un capítulo de mi libro La Palabra más sexy es sí (Vergara 2019) con las lectoras de Pikara Magazine, decidí compartir el capítulo ‘Entender el papel de la masculinidad en la violación y la cultura de la violación’. La idea del capítulo, y quizás de todo el libro, es difundir el consentimiento sexual a tantas personas como sea posible. Este capítulo está dedicado específicamente a los hombres cis porque, a riesgo de ser demasiado obvia, son los que más frecuentemente cometen violencia sexual y, por lo tanto, son los responsables de ponerle fin.

Mi esperanza con este ejercicio es que pueda ser útil en cualquier situación de «Not all men» o «¿Qué pueden hacer los hombres?» en Twitter, la vida real, reuniones familiares, etcétera. Debido a que a las mujeres y a las personas no binarias se les pide con demasiada frecuencia que trabajen gratis para poner fin a su propia opresión, pensé que tal vez podría aliviar un poco ese trabajo no remunerado con este artículo. Esto, obviamente, no significa que las mujeres y las personas no binarias no deban sentirse alentadas a seguir leyendo.

Los hombres tienen un papel especialmente destacado en la institución de la violación

Ahora, si eres un hombre cis y estás leyendo este artículo, en primer lugar, ¡gracias por hacer clic! Quiero que te tomes un momento y te sientas cómodo también. ¿Recuerdas todas esas veces que preguntaste qué puedes hacer para terminar con la cultura de violación? Bueno, aquí lo tienes. En el texto que sigue encontrarás algunas ideas serias y prácticas para terminar con la violencia sexual. Y todas estas ideas dependen de que tú tomes medidas concretas e inmediatas. Una vez que hayas terminado de leer, recuerda agradecer a la amiga que te envió este artículo y a las buenas personas de Pikara.

Los hombres tienen un papel especialmente destacado en la institución de la violación puesto que son ellos los únicos que pueden terminar con ella. Sin su alianza y participación, la violación pervivirá. Ello no resta en absoluto importancia a la dedicación y genialidad de todas las personas que trabajan, sin descanso, para cambiar leyes, educar, proteger, rehabilitar… Se trata de hacer una llamada a la acción para decir: «Hombres, se os necesita aquí y ahora en la batalla contra la violación, ¿os unís?» Para tratar el tema con seriedad hay que ser realistas y poder decir abiertamente quiénes son los autores más habituales de las violaciones: los hombres cis. Sería lógico que, siendo ellos los principales autores, la responsabilidad de acabar con esta epidemia recaiga esencialmente sobre ellos.

La mayoría de hombres estaría fervorosamente de acuerdo con que violar es algo «malísimo», «terrible», pero hay una desconexión entre esta idea y la toma de medidas. Lo que nos lleva a preguntarnos por qué los hombres guardan silencio cuando se habla de acabar con la violación. ¿Por qué cargan a las víctimas con esa responsabilidad? ¿Por qué no están indignados con la continua violencia que se ejerce en nombre de la masculinidad? ¿Por qué no hay hombres protestando en masa contra la violencia sexual?

La razón más obvia de esta indiferencia se halla en el hecho de que los hombres reciben privilegios de esta violencia sistemática, que otorga a la identidad «masculina» el título de la dominación y relega a las demás identidades a posiciones dominadas e inferiores. «El poder de los hombres como clase depende del hecho de que se mantengan sexualmente inmaculados y las mujeres abusadas sexualmente por ellos», dice Andrea Dworkin en su influyente discurso I Want a Twenty-Four-Hour Truce During Which There is No Rape [Quiero una tregua de veinticuatro horas durante las cuales no haya violaciones]. Sabiamente y sin rodeos, Dworkin añade: «No creo que la violación sea algo inevitable ni natural. ¿Os habéis parado a pensar alguna vez por qué no estamos en un combate armado contra vosotros? No es porque en este país haya escasez de cuchillos de cocina. Es porque, en contra de toda evidencia, creemos en vuestra humanidad.» Los hombres son los principales autores de violaciones, pero a su vez son la mayor y única esperanza para alcanzar un mundo sin ellas. Los hombres, como población más poderosa del planeta, deberían sentirse empoderados y saber que acabar con esta crisis humanitaria es algo que está a su alcance.

Los hombres deben hacer algo más que condenar la violación: deben destruirla de forma activa

En lugar de sentirse culpables o actuar a la defensiva, la humanidad necesita que los hombres pasen a la acción inmediatamente. Pueden parar de cometer violaciones y ponerse a trabajar para desmantelar la cultura de la violación. Ello implica que los hombres se responsabilicen no solo de sus propios pensamientos y acciones, sino también de que lo hagan con las ideas y actos de otros hombres y de la cultura masculina en general. Que los hombres acaben con este sistema de opresión es por el bien de las demás personas y por el suyo propio. Incluso con los beneficios mencionados, la cultura de la violación también les hiere a ellos. En este sistema, los hombres desempeñan el papel de abusadores y el resto del mundo, el de víctima. Así como las mujeres y personas de género expansivo no quieren ser víctimas de abusos, los hombres no quieren caer, por defecto, en la categoría de violadores. Para evitar ser automáticamente relegados a esta función, los hombres deben hacer algo más que condenar la violación: deben destruirla de forma activa.

La cultura de la violación y la libertad del hombre son sencillamente incompatibles, puesto que la única forma de liberarse de la prisión de la masculinidad es a través de la erradicación de la violación. La caja que contiene lo que significa ser un hombre cis es tan pequeña, tan constreñida, tan fea… ¿Quién no querría salir de ahí? El fin de la cultura de la violación implica acabar con el miedo que sienten los hombres a ser vulnerables, así como a ser excluidos de la intimidad. Acabar con la intensa presión de tener un aspecto concreto, actuar y vestir de una forma en particular. Acabar con el temor que sienten hacia otros hombres por su latente agresividad, y en cambio disponer de la oportunidad de intimar sin miedo a ser juzgados. Acabar con el hecho de ser vistos como un peligro, de que haya gente que por la noche cambia de acera porque teme su identidad de género. Adquirir la habilidad de hablar con libertad sobre emociones y explorar qué es lo que les hace felices, qué les provoca tristeza… lo cual supone un aspecto importante para poder ser capaces de educar y ser educados. Ser más que una identidad «masculina», que se te reconozca por quien eres, con tus complejidades, tu personalidad entera y tu «yo» único. No tener que demostrar tu «masculinidad» ante nadie, así como dejar de representar la serie de estereotipos a los que llamamos «género» y empezar a entender qué es lo que hace que tú seas tú: tus miedos, tus sueños, tus deseos.

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En la cultura de la violación, el deseo de los hombres es siempre algo temible, considerado peligroso, y solo legitimado a través de las mujeres. «El deseo masculino se presenta como una respuesta a la belleza femenina», afirma con acierto Dworkin en su libro, Intercourse [El coito]. Los hombres, queer y heteros, son juzgados en función de cómo y con quién follan, y se les exige que cosifiquen a sus parejas. En esta cosificación, ellos mismos se convierten en objetos, de modo que devienen un mero pene relleno de testosterona y vacío de sentimiento. Por más que la cultura de la violación abogue por lo contrario, los hombres son mucho más que simplemente esos seres que se follan a las mujeres. El deseo de los hombres merece su propio espacio para existir, independiente e ilimitado, y precisamente el consentimiento permite que exploren y se pregunten por sus deseos. No solo lo que la tele, el porno o la cultura de masas señala como sexy, sino qué es lo que realmente provoca placer a un ser único. Hace falta que los hombres sean lo suficientemente valientes para expresar sus deseos. Una vez se expresan, el consentimiento requiere que los hombres aprendan a pedir, escuchar y aceptar el rechazo. Hay que saber que un «no» debe ser tomado con el mismo entusiasmo que un «sí», porque las preguntas no se hacen con el propósito de obtener una respuesta concreta, sino para conocer los sentimientos reales de otra persona. El consentimiento requiere que los hombres entiendan que las personas no son objetos susceptibles de ser controlados o manipulados (esto les incluye también a ellos), y que la autonomía siempre debe ser respetada.

Los que no hablan ni actúan contra la violación, la están perpetuando

Sin duda, la ausencia de una educación que se base en el consentimiento ha provocado que mucha gente haya herido a otra de formas que ni siquiera pensaban que existieran. La mayoría de hombres que cometen violencia sexual creen que están actuando de forma «normal», precisamente porque la sociedad les ha enseñado que tales comportamientos son «normales». Las estadísticas muestran que, en general, traspasar la línea de lo que es abuso sexual resulta demasiado fácil y común a los hombres, con independencia de qué tipo de hombre seas o creías ser. A los hombres se les ha educado mal en lo que se refiere al concepto de ser un «hombre». O sea que ya va siendo hora de que, a través del estudio y la autorreflexión, se reeduquen a sí mismos y redefinan lo que implica ser «hombre». ¿Cómo sería una masculinidad sana? No una masculinidad «neutra», sino una forma de ser «hombre» que asegure la salud y el bienestar del resto del mundo. Quizá pensar en deshacer siglos de violencia intimide un poco, pero tengamos en cuenta que hacernos estas preguntas es como plantar una semilla. Autoexaminarnos nunca es una tarea fácil, pero es preciso que nos fijemos en los momentos en los que nos hemos equivocado para asegurarnos de que no continuamos cometiendo los mismos errores. Por un lado, crecer significa reconocer los fallos y responsabilizarnos completamente de ellos y, por otro, aceptar las consecuencias de nuestros actos.

Con esta recién descubierta sabiduría, los hombres tienen la responsabilidad de educarse unos a otros. Parte del privilegio que se les ofrece es el de poder ser escuchados, puesto que sus voces y sus mensajes tienen más posibilidades de ser oídos por otros hombres y por el público en general. Por eso, es necesario que los hombres hablen entre ellos, en voz alta, sobre las ideas que hay tras la cultura del consentimiento, porque los que no hablan ni actúan contra la violación, la están perpetuando. Durante una conversación entre amigos, todo hombre puede generar espacio para cuestionar el pensamiento y el lenguaje sexista, y así fomentar el uso del consentimiento. Deben manifestarse públicamente en contra de los términos y las acciones que fomentan el tóxico machismo y, en cambio, elogiar a quienes practican una masculinidad sana. Usar el privilegio a modo de altavoz para emitir el mensaje de la gente que tiene menos privilegios, sin hablar en su nombre. Preguntar al resto del mundo cómo ser de ayuda, contribuir a que el resto se sienta a salvo, respaldarles y aceptar que, por el mero hecho de ser hombre, en ocasiones la gente se siente más segura si no estás ahí. Hay que aprender a escuchar historias, opiniones y críticas ajenas, y en vez de actuar a la defensiva o tomarse las cosas de forma personal, escuchar su mensaje.

Los hombres pueden elegir distintas formas de responsabilizarse y luchar para desmantelar la violación y la cultura de la violación. Pero para aquellos que no sepan por dónde empezar, a continuación ofrecemos una lista que incluye distintas maneras de hacerlo, aquí y ahora, en la vida cotidiana.

  1. Practica siempre el consentimiento, tanto en encuentros sexuales como no sexuales con otra gente. No dejes lugar a la duda y haz del consentimiento una parte no negociable de todos los encuentros que tengas con otras personas. Y di, al máximo número posible de personas, lo mucho que te importa el consentimiento.
  2. Investiga y aprende sobre la forma en que los sistemas de opresión otorgan beneficios a ciertas partes de tu identidad, y cómo estos mismos sistemas oprimen a otras personas. Piensa constantemente en cómo infiltrarte, para así desmantelar sistemas jerárquicos basados en construcciones sociales, tanto en tu vida privada como en la profesional. ¿Quieres asegurarte de que las mujeres y/o la gente de género expansivo con la que trabajas cobre lo mismo que tú? Diles lo que cobras. Únete a los comités del trabajo, la escuela... donde se hacen evaluaciones para subir sueldos y dar ascensos. Contrata a mujeres y/o personas de género expansivo, págales más, exige que haya más diversidad en tu escuela, sitio de trabajo, gobierno, etc.
  3. Escucha a las mujeres y créelas. Aprende a escuchar sin interrumpir o tener que dar tu opinión. Está bien no decir nada en absoluto y dedicarse solamente a escuchar. Cuando participes en una conversación, hazlo sin que se centre en ti y en tu experiencia. Date cuenta de los momentos en que empiezas a ponerte a la defensiva, resiste el impulso de reaccionar y pregúntate por qué estás oponiendo resistencia.
  4. Haz sitio para que las mujeres y las personas de género expansivo puedan enfadarse… mucho, muchísimo. Tal como dice Lyz Lenz en su ensayo All the Angry Women [Todas las mujeres enfadadas]: «El enfado siempre se reserva para los demás […]. Una mujer enfadada debe responder por sí misma. Las razones de su enfado deben ser recogidas, examinadas y debatidas […]. A las mujeres enfadadas solo se les permite ser los chillidos estridentes que provienen del banquillo.
  5. Lee a mujeres y a personas de género expansivo, estudia su historia, el lenguaje que usan y su filosofía. No esperes que sea la gente con menos privilegios la encargada de enseñarte esto y usa la infinidad de textos y recursos disponibles tanto en libros como en internet. Cuando pidas ayuda para aprender algo, recuerda que enseñar es un trabajo físico y emocional que merece ser reconocido a través de una remuneración u otra forma de compensación.
  6. Pregunta antes de actuar. No sobre entiendas que esa persona o grupo de personas quieren un tipo de ayuda en particular. Ser un aliado significa respaldar de la forma en que te lo pidan, y esta puede que no coincida necesariamente con la que hayas pensado o hubieras querido.
  7. No ocupes espacio, ni física ni emocionalmente. Sé útil para permitir que el resto se mueva con libertad en el espacio que elija, sin que tenga que esquivarte u ocuparse de ti. Esto implica no ser una carga emocional para las mujeres, que encuentres tus propios apoyos mientras aprendes a ser antiviolación y aprendas a organizarte, como hombre, con otros hombres. Respalda los espacios y las reuniones de solo-mujeres, solo gente no-binaria, etc., sin sentirte excluido. Y no hagas manspreading.
  8. No te quedes callado cuando estés con otros hombres. Practica decir frases como «No creo que eso sea gracioso», «Tú vales más que eso», «Eso me parece ofensivo», «¿Podemos hablar de lo que acabas de decir?». Y si tienes miedo de expresar lo que piensas, ¿qué dice esto de la gente que te rodea? ¿Qué dice de ti? Cuando estés en un grupo formado exclusivamente por hombres, fíjate en el lenguaje que se emplea. Si no puedes imaginarte hablando así delante de la gente a la que os estáis refiriendo, pregúntate por qué. Cuando oigas algo violento en contra de otra gente, di lo que piensas. Hablar con una persona, en público o en privado, es una de las formas más efectivas e importantes de provocar un cambio. Recuerda que el silencio es cómplice. Sé valiente. Aunque decir lo que piensas puede ser dificilísimo, la violencia que estas actitudes generan contra otras personas, o grupos de personas, es mucho más nociva.
  9. Sé antiviolación y antiagresiones sexuales de forma abierta, alta y clara. Respalda públicamente a las mujeres y demás personas que tienen el coraje para salir y explicar sus historias. Denuncia públicamente a quienes hayan cometido agresiones. Deja claro a tu comunidad —a través de conversaciones, las redes sociales, asistiendo a protestas o charlas, etc.— que estás luchando activamente para acabar con la violación y la cultura de la violación.
  10. Ayuda a educar a los hombres. Forma grupos antiviolación y participa en ellos. Comparte libros, artículos, podcasts, vídeos y demás recursos útiles sobre consentimiento, y después sigue con una conversación sobre dicha información. No dejes de ponerte al día sobre las experiencias mutuas del uso del consentimiento.
  11. No te sientas personalmente ofendido poru n rechazo sexual. Celebra la individualidad de las mujeres y la gente de género expansivo y su derecho a querer tener o no tener sexo, una conversación, etc., con alguien.
  12. Si alguna vez presencias violencia sexual o algún tipo de situación potencialmente peligrosa, intervén de inmediato.
  13. Añade tus propios puntos y confecciona tu lista de acciones para crear una cultura del consentimiento.

Autor: Pikara Magazine

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